1. Tener una representación virtual permite interactuar en el ciberespacio, proyectar una personalidad o difundir una trayectoria profesional para ser encontrado. Pero esta visibilidad también implica cierta vulnerabilidad.
2. Todo el mundo puede crear y gestionar su propia identidad digital, pero no puede controlar lo que demás opinan. Toda persona, especialmente si tiene relevancia pública, se puede ver afectada por la identidad digital que crean las opiniones y noticias de otras fuentes.
3. Hay que cuidar la identidad digital, de la misma manera que se tiene de su aspecto o de su comportamiento en el mundo físico. No sabe nunca quién puede estar observando.
4. Todo lo que se publica en Internet queda para la posteridad, y eso puede tener consecuencias futuras en la imagen y la reputación personal. Lo que difunden sobre uno mismo y lo que nos rodea contribuye a escribir la memoria colectiva.
5. Crear una identidad digital es planificar una imagen de uno mismo. Es una oportunidad para demostrar quién se es realmente y acercarse a gente con intereses o aficiones similares.
6. Cada identidad digital aporta información de una persona, relevante o no, positiva o no. Se puede conocer más sobre otras personas mientras se investigan sus identidades digitales.
7. Como en el mundo físico, hay buenas razones para tener varias identidades digitales en contextos diferentes. Pero experimentar otras identidades, a través de seudónimos y avatares, es también un riesgo; de la misma manera que se puede engañar, uno también puede ser engañado.
8. Los sitios que se visitan y las identidades con las que cada internauta se relaciona también aportan información a la identidad digital que se proyecta.
9. El límite lo pone cada uno, pero no es buena idea dar detalles personales a desconocidos. Hay que tener cuidado con la usurpación de identidad.
10. La credibilidad y la confianza, también en el mundo virtual, se gestionan aportando información responsable y ética.